sánscrito





El sanscrito y el Método Comparativo

Antes de la publicación, en 1876, de los trabajos de William Jones, en Europa se tenían ya noticias acerca de la existencia de la lengua sánscrita, pero nadie ha­bía observado su posible relación de parentesco con lenguas como el latín o el griego. A partir de los pri­meros años del siglo xix, comenzó a investigarse esa relación, sobre todo en las estructuras gramaticales, para tratar de clasificar las lenguas con un criterio científico.

El sánscrito, antigua lengua sagrada y literaria de la India, había mantenido una gloriosa tradición grama­tical, pues los himnos de los vedas tenían que ser re­citados conservando la pronunciación correcta. Esta tradición gramatical se basaba en un conjunto de re­glas (más de 4 000) de tipo fonético y de formación morfológica, más una lista de raíces. El descubrid miento de estas gramáticas fue decisivo para los tra­bajos posteriores, no sólo por ser textos fundamen­tales para el estudio de los manuscritos sánscritos, sino porque los investigadores occidentales pudieron co­nocer nuevas técnicas de descripción del lenguaje, que estaban muy alejadas de la tradición grecolatina y pre­sentaban una gran atención a la estructura formal de la lengua y a su descripción exacta. El descubrimiento del sánscrito permitió comparar el latín y el griego con esta lengua, con la que evidenciaba sorprendentes se­mejanzas.

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El método científico de la comparación no fue ex­clusivo de la lingüística de la primera mitad del si­glo XIX, sino que estaba precedido por los trabajos acerca de la historia del pensamiento religioso o de la literatura, y era coetáneo de las investigaciones sobre anatomía comparada. La cátedra de literatura com­parada, en el Collége de France, es treinta años an­terior a la fundación de la gramática comparada.

El término de gramática comparada, para indicar este tipo de estudios, parece provenir del investigador alemán Friederich von Schlegel (1772-1829), quien ha­bía escrito que esta clase de trabajos «proporcionará soluciones completamente nuevas acerca de la genea­logía de las lenguas, de la misma manera que la ana­tomía comparada ha arrojado luz sobre la historia na­tural de los organismos superiores.

Desde sus comienzos, los estudios basados en el mé­todo de la comparación huyeron del estudio del léxico y se centraron en las investigaciones de los sistemas morfológico y fonético, procedimientos que se consi­deraban más seguros y firmes, puesto que ya era co­nocida toda la problemática que plantea el fenómeno de los préstamos léxicos. Dos lenguas en contacto, pero no emparentadas genéticamente, pueden inter­cambiar una parte de su vocabulario mediante una se­rie de procesos históricos (el influjo de las lenguas es­lavas en el rumano, por ejemplo, o el del árabe en las lenguas del sudeste de Europa), pero es muy difícil, aunque no imposible, que presenten un elevado nú­mero de afinidades en sus estructuras morfológicas.

Poco a poco, los investigadores de la primera mitad del siglo XIX fueron estableciendo las relaciones de las lenguas indoeuropeas y comenzaron los estudios es­pecializados sobre grupos de lenguas emparentadas. En 1819, Jakob Grimm (1785-1863) comenzó la pu­blicación de sus investigaciones acerca de las lenguas germánicas, y, en 1836, apareció el primer volumen de la Gramática de las lenguas románicas, de Friedrich Diez (1794-1876).



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