Revolución Industrial Inglesa





Los Albores del Gran Capitalismo: La Revolución Industrial Inglesa

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En la segunda mitad del siglo XVIII se inició en Inglaterra una profunda transformación de la estructura económica, con grandes repercusiones sociales. Dicha transformación, la más radical desde el descubri­miento de la agricultura (revolución neolítica), se fue extendiendo luego a otros países europeos.

 

Podría considerarse que los tres puntos de apoyo de la revolución industrial eran los siguientes: una pobla­ción que crecía de prisa, la existencia de materias pri­mas imprescindibles y el descubrimiento de nuevas fuentes de energía que facilitaban la elaboración de dichas materias primas.

 

A estos factores dinámicos se les sumaron: el de­sarrollo de la técnica, la acumulación de capital para invertir y el espíritu empresarial de los capitalistas in­gleses, sin olvidar que la aplicación de nuevas técnicas en la producción agraria posibilitaría el paso de mano de obra de ésta a la industria.

 

El aumento demográfico en Inglaterra

 

En este país, la revolución demográfica muestra unos caracteres bien definidos. El crecimiento natural, favorecido por la paralela evolución económica, se basó en un descenso de la tasa de mortalidad (28,8% en 1780) a partir de las postrimerías del siglo XVIII. La natalidad continuó siendo alta (estancada en torno al 35% hasta 1880). Sin duda, el descubrimiento de la vacuna contra la viruela (Jenner, 1796) fue de gran im­portancia.

 

El crecimiento de la población fue positivo, por coincidir con la expansión económica, e incidió en el desarrollo de la revolución industrial, al menos, de dos maneras: aumentando la mano de obra para la indus­trialización e incrementando la demanda de productos industriales; lo cual estimuló las inversiones empre­sariales destinadas a acrecentar la capacidad produc­tiva mediante nuevos métodos o técnicas.

 

El papel de la agricultura en Inglaterra

En Inglaterra y a lo largo del siglo XVIII se fueron dando cambios de gran importancia en la agricultura.

 

Si tenemos en cuenta que el 80% de la población activa se dedicaba al trabajo agrícola, entenderemos la importancia de las mejoras introducidas.

 

En primer lugar, los open-fields (campos abiertos), de explotación comunitaria, se transformaron. A cam­bio, aparecieron las enclosures (campos cerrados), de explotación individual. Esta transformación ocasionó un proceso de concentración de la propiedad agraria en manos de los grandes terratenientes que, si bien hizo aparecer métodos de cultivo intensivo, acabó con los pequeños campesinos.

 

En segundo lugar, sobre esos campos cerrados se aplicaron nuevos sistemas de cultivo y nuevas técnicas: la rotación trienal (cereal de invierno, cereal de pri­mavera y barbecho) fue sustituida por la alternancia de cultivos (plantas, forrajes y cereales); el utillaje agrícola fue mejorado con nuevos tipos de arados y, sobre todo, con la sembradora mecánica, inventada por Jethro Tull (1674-1741) en 1701; y se introdujeron nuevas técnicas para mejorar la composición química de los suelos.

 

Paralelamente se desarrolló la ganadería intensiva. La estabulación permitía el acortamiento del periodo de crianza y la selección de especies. Por último, los propietarios agrícolas de esta generación aplicaron cri­terios típicamente capitalistas, de rentabilidad y racio­nalidad, en sus explotaciones. Producían para el mer­cado nacional e internacional más que para el domés­tico o local. No dudaban en efectuar elevadas inver­siones para mejorar sus tierras, aunque la rentabilidad no fuese inmediata.

 

Nuevas fuentes de energía

 

La principal innovación de este periodo fue la fuerza motriz capaz de mover las máquinas; así, el descubrimiento de la máquina de vapor (Watt, 1779), se convirtió en el verdadero impulsor de la revolución industrial.

 

James Watt (1736-1819) basó su invento en las in­vestigaciones sobre la combustión del agua de Danis Papin (1647-1712), quien en 1690 había descubierto que la energía generada por el vapor puede ser trans­formada en movimiento. La máquina de vapor (que utilizó la hulla como combustible) se aplicó enseguida a la industria, a la navegación y al transporte por tie­rra. Pero el desarrollo de máquinas y motores recla­maba un aumento de la producción siderúrgica. Y esto sólo fue posible cuando la hulla sustituyó a la madera en la fundición de metales, gracias a las investigacio­nes de Abraham Darby, quien en 1709 había conse­guido transformar la hulla en coque metalúrgico. Sin embargo, esta técnica no se difundió hasta la segunda mitad del siglo XVIII. El impulso decisivo lo daría Henry Cort (1740-1800) al descubrir el famoso sistema del pudelaje (eliminaba las escorias en el proceso de fundición).

 

Acumulación de capital e inversiones

 

Todo proceso industrial necesita ir precedido de un aumento de la oferta de capitales que posibilite la financiación de las inversiones industriales.

 

Durante la revolución industrial inglesa, dicho capital provino principalmente de la agricultura y del comercio ultramarino, teniendo en esto un papel importante el perfeccionamiento de la banca. En 1694 se había creado el Banco de Inglaterra (Banco del Gobierno).A finales del siglo XVIII existían en Londres varias decenas de bancos privados, y se contaban unos cuatrocientos locales. Los bancos agilizaron los pagos de las empresas a través de la emisión de papel moneda y, fundamentalmente, facilitaron los créditos industriales.

 

Puede decirse que el perfeccionamiento de las sociedades anónimas, de los bancos y otras instituciones económicas, fueron la condición imprescindible para el desarrollo del capitalismo financiero, sin el cual hubiera sido imposible la financiación del sector industrial, necesitado de capitales.

 

La industria del algodón

 

Este sector, junto con el siderúrgico, fue uno de los primeros en revolucionar su tecnología, a finales del siglo XVIII. Antes habían estado de moda en Europa los tejidos de algodón estampado, de procedencia oriental (India). Los ingleses, ante el peligro que esto representaba para el crecimiento de su industria textil, basada hasta entonces en la lana, restringieron las importaciones de algodón, limitándose a importarlo sin estampar, y desarrollaron paralelamente la industria del estampado, principalmente en la zona de Lancashire (Liverpool). En 1720 se prohibió por completo la importación de tejido de algodón.

 

A partir de ahí se fueron introduciendo en este sector una serie de máquinas que renovaron por completo el sector: lanzadera volante para el tejido (John Kay, 1733); máquina de hilar, o spining Jenny (Hargreaves, 1764); máquina hiladora continua, o water frame (Arkwringht, 1769); hiladora intermitente, o nula (Crompton, 1779), que hilaba y torcía el hilo a la vez; máquina cardadora (Lewis Paul, 1784); y telar mecánico (Cartwright, 1787).

 

Además, se realizaron innovaciones en el teñido y acabado que determinaron la aparición de la química industrial. De esta forma se aumentó la capacidad productiva y se abrieron los mercados europeos y americanos para los ingleses.

 

El sector algodonero tendió a la concentración geográfica, ubicándose en la baja Escocia y Lancashire. en Manchester (donde había una experta mano de obra), en Londres (puerto exportador) y en Liverpool (donde se encontraban las compañías comerciales transoceánicas).

 

Puede afirmarse que en la industria algodonera se dan los grandes rasgos de la primera revolución industrial: materia prima abundante y barata (colonias), renovación de las técnicas, concentración industrial e importancia del mercado y el comercio como estímulos más importantes y decisorios. El algodón habría de convertirse en la primera materia prima.

 

La industria siderúrgica

 

La industria siderúrgica quedó estancada a principios del siglo XVIII, ya que el coste de producción era muy elevado dada la carestía del combustible y la mala calidad del hierro colado inglés. Y esto fue lo que se tuvo en cuenta al orientar su renovación tecnológica. Los métodos para la obtención del coque de Darby. que permitieron utilizar hulla y no carbón vegetal, solucionaron el problema de la carestía de combustible. Y el nuevo procedimiento de forja de Henry Cort (1784), que eliminaba las escorias, consiguió mejorar la calidad del hierro.

 

Pero, más que las innovaciones técnicas, lo que hizo que esta industria experimentara un fuerte crecimiento fue el aumento de la demanda. No debe olvidarse que el armamento, las herramientas, la maquinaria, los barcos y, principalmente, el ferrocarril precisaban de ella.

 

La revolución en los transportes

 

En el transporte terrestre y fluvial, los progresos fueron importantes. Inglaterra construyó durante este siglo una red completa de canales. La mejora de las calzadas se vincula al nombre del escocés Mac Adam (1756-1836), quien a finales del siglo inventó un sistema de pavimentación especial que lleva su nombre. Estos adelantos permitieron el desarrollo de la diligencia postal. En 1784 apareció el carruaje a vapor. Posteriormente se iniciaría la aplicación del vapor a un nuevo sistema de transporte: el ferrocarril. La primera locomotora, ideada por Trevithich, constaba en 1804 de cinco vagones y era capaz de transportar diez toneladas a ocho kilómetros por hora.

 

Posteriormente, Stephenson (1781-1848) perfeccionaría la locomotora, iniciando lo que se ha dado en llamar la «era del raíl». El primer tren de pasajeros cubrió el trayecto entre Manchester y Liverpool en 1830.

 

La navegación, más apropiada para transportar mercancías pesadas y voluminosas, se benefició de la aplicación del vapor en 1807, gracias a Fulton (17651815).

 

Consecuencias sociales de la industrialización

 

La industrialización, de la que son protagonistas las clases medias principalmente, modificará el tradicional sistema por estamentos. Por medios revolucionarios (Francia, 1789) o pacíficos, la burguesía impondrá la igualdad jurídica de todos los hombres, a la vez que se opone al sistema de privilegios.

 

En definitiva, aparecerá la sociedad de clases, cuya cúspide ocuparán los que posean las riquezas (banqueros, comerciantes e industriales). Y, paralelamente, el obrero industrial, cuyas condiciones laborales serán muy duras (salarios escasos, horarios interminables y utilización del trabajo infantil). Todo ello generará tensiones que las nuevas ideologías (marxismo y anarquismo) intentarán encauzar.



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