Liberalismo Europeo





El Congreso de Viena

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Derrotado Napoleón, las naciones vencedoras deseaban implantar un sistema de seguridad colectiva sometiendo la vida internacional a un derecho que no fuera el de la fuerza.

 

Inspiradas en el Antiguo Régimen, su obra iba encaminada a restaurarlo y a destruir no sólo la configuración actual del mapa, sino también las ideas difundidas por la Revolución Francesa. El nuevo orden europeo lo definirían cinco potencias: Inglaterra, Rusia, Austria, Prusia y Francia.

 

Con estas premisas, los vencedores de Napoleón se reunieron en el Congreso de Viena (1814-1815), del cual salieron principalmente dos tipos de resoluciones: un nuevo mapa europeo y un nuevo sistema políticoreligioso, la Santa Alianza.

 

El nuevo mapa de Europa

 

El zar Alejandro I de Rusia, Federico Guillermo III de Prusia, el canciller Metternich (1773-1859), en representación del emperador Francisco I de Austria, el ministro Castlereagh (1769-1822), por Inglaterra, y Talleyrand (1754-1838), por Francia, decidieron establecer un nuevo orden territorial para Europa.

 

Rusia se anexionó la mayor parte de Polonia, Finlandia, tomada de Suecia, y la Besarabia (mar Negro), tomada de Turquía.

 

Prusia obtuvo la Pomerania sueca, parte de Sajonia y, en el oeste de Alemania, zonas de Renania, el Ruhr y la orilla izauierda del Rin.

 

Austria se engrandeció con el reino lombardo-véneto, en el norte de Italia; y los ducados de Parma, Módena y Toscana fueron entregados a príncipes austríacos.

 

Inglaterra reforzó su hegemonía marítima. En el Mediterráneo, obtuvo Malta y las islas Jónicas; en el Atlántico, la isla Heligoland (mar del Norte) y El Cabo; y, en el Indico, Ceilán (ahora Sri Lanka) y la isla Mauricio. También en las Antillas extendió sus posesiones insulares. El soberano inglés pasó a serlo también del estado alemán de Hannover, afianzando así su poder en el mar del Norte. Francia volvió a tener las fronteras de 1792 y quedaba rodeada por una serie de estados tapones (la Prusia renana, los Países Bajos y el reino de Saboya-Piamonte).

 

Para consolidar el equilibrio de los cinco grandes, se reestructuró el resto de Europa de la siguiente forma: en los Países Bajos, una creación totalmente artificial, se agruparon Bélgica y Holanda bajo la corona de Guillermo I de Orange (1772-1843); Suecia se anexionó Noruega, perdida por Dinamarca, que obtuvo como compensación los ducados alemanes de Holstein y Lavemburgo.

 

Con el fin de mantener la seguridad interna y externa de Alemania, se creó la Confederación Germánica, conglomerado de treinta y ocho estados soberanos, entre los cuales sobresalían el Imperio austrohúngaro y el reino de Prusia. Como lazo común, se formó una Dieta (congreso presidido por Austria y con sede en Frankfurt) que disponía de un ejército propio. Suiza, compuesta de veintidós cantones autonómicos, recibió garantías de neutralidad perpetua. Cracovia quedó como república independiente.

 

Respecto a los países ibéricos, donde fue restaurado el absolutismo, no vieron éstos recompensada su intervención en las luchas napoleónicas. Por último, cabe señalar la fuerte fragmentación de la península italiana, dividida en siete estados: parte de las posesiones austríacas, ya mencionadas, coexistían el reino sardopiamontés (que se anexionaba ahora Génova, Niza y Saboya), los estados pontificios y el reino borbónico de Nápoles.

 

En toda Europa se dio un auge del absolutismo entre 1815 y 1830. Pero la reconstrucción europea realizada por los grandes produjo descontento: Italia y Alemania continuaban fraccionadas, los Balcanes seguían estando sometidos a los turcos y Polonia quedaba sojuzgada.

 

En consecuencia, el desarrollo de las ideas liberales, democráticas o socialistas era paralelo al de la Restauración.



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