Ilustración Siglo XVIII





Ilustración y Revolución en el Siglo XVIII

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La burguesía, clase social hegemónica

 

Los estamentos sociales que representaban los principales pilares del Antiguo Régimen se mantuvieron durante casi todo el siglo XVIII (hasta la Revolución Francesa, en 1789). La nobleza continuó desempeñando el papel de clase privilegiada y los campesinos siguieron viviendo miserablemente.

 

Sin embargo, la burguesía, jurídicamente dentro del tercer estado, se afianzaría a lo largo del siglo XVIII como la plataforma que iba a sostener el peso de todas las manifestaciones políticas, económicas y culturales de la sociedad.

 

La burguesía, que aglutinaba a comerciantes, industriales  ciudadanos dedicados a oficios liberales, adquirió entonces conciencia de su fuerza y su papel social.

 

En los siglos precedentes, este grupo social había asumido la dirección del capitalismo comercial y financiero. A finales del XVIII, los burgueses reclamaron una mayor libertad en sus actividades económicas, la anulación de los privilegios nobiliarios y la igualdad judicial y tributaria.

 

Evidentemente, a medida que se imponen los nuevos postulados capitalistas, el sistema feudal entra en crisis, y con él la clase que ostentaba su dirección, la nobleza.

 

Las nuevas ideas. Los enciclopedistas

 

En Francia y a principios del siglo XVIII, los intelectuales encabezaron una corriente de pensamiento que irradiaría a todo el continente europeo. Partiendo del empirismo inglés del siglo anterior, se centraron en divulgar y aplicar prácticamente los principios de la investigación científica. De su confianza en la razón y en la enseñanza deriva el nombre «Siglo de las Luces», o Ilustración, con que se conoce este movimiento, cuyas raíces entroncan con el humanismo renacentista. Los filósofos ilustrados se dedicaron a criticar todo género de supersticiones y tradiciones que no tuviesen una base racional y a poner en tela de juicio toda la estructura del Antiguo Régimen.

 

Así, Montesquieu (1689-1755) publicó en 1748 una obra de doctrina política, El espíritu de las leyes, donde establecía el principio de la división de los poderes del estado (ejecutivo, legislativo y judicial), opuesto totalmente al absolutismo imperante.

 

Posteriormente, en la segunda mitad del siglo XVIII, apareció también en Francia una generación de intelectuales conocida como los enciclopedistas porque procedió a recopilar los conocimientos de todo orden en una obra, la famosa Enciclopedia Francesa, que empezó a publicarse en 1751. Elaborada con criterios racionales y liberales, dirigida por el filósofo Diderot (1713-1784) y el matemático D’Alembert (1717-1783), contó con la colaboración de relevantes figuras, como el deísta Voltaire (1694-1778) y el demócrata Rousseau (1712-1778). Este último escribió también su célebre Contrato Social, en que sentaba los principios de una sociedad democrática. Una característica de la nueva corriente de pensamientos fue su alejamiento de los centros de estudios oficiales. Los intelectuales se reunían en los salones de París. También la edición de libros, folletos y revistas, que proliferaron abundantemente, ayudó a que se propagase la Ilustración, aunque muchas veces las ediciones eran clandestinas por temor a la censura oficial.

 

Desde Francia, la Ilustración se extendió por Europa, aunque con nombres propios: Auflárung en Alemania, Iluminismo en Italia, Ilustración en España. El predominio de la lengua francesa facilitó este fenómeno de signo universalista.



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