Los tsunami





Tsunamis, olas gigantes

Los terremotos son conocidos sobre todo por los desastres que suelen desencadenar [1, 9]. La destrucción puede ser el resultado de las vibraciones del suelo o de olas gigantes (tsunamis) originadas por alteraciones sísmicas del fondo marino. En el mar, los tsunamis tienen longitudes de onda —distancia entre dos crestas consecutivas— de hasta 200 km. Pueden desplazarse a velocidades de 800 km/h. Cuando llegan a una playa de pendiente suave, pierden velocidad y ganan altura. Al aproximarse el tsunami, el mar se retira, y luego vuelve en olas gigantescas que se adentran en tierra.

En 1755, la ciudad de Lisboa quedó reducida  a escombros en seis minutos durante uno de los terremotos más devastadores jamás registrados. El mar se retiró más de 1 km de la línea normal de la costa y después avanzó como un tsunami de 17m de altura, causando la muerte de centenares de personas que perecieron ahogadas. Posteriormente sacudidas menores provocaron deslizamientos de tierra e incendios; al anochecer, el número de muertos había ascendido a 60.000. Los efectos de este terremoto se sintieron en un área equivalente a más de 15 veces la extensión de la Península Ibérica.

Terremoto de Lisboa de 1755

A pesar de la capacidad destructiva de los terremotos, en ciertas circunstancias es posible  tomar precauciones para reducir al mínimo los desastres. Los edificios altos se pueden  construir sobre cimientos antisísmicos reforzados de hormigón, que casi flotan al paso de las ondas sísmicas. Con una planificación cuidadosa se puede hacer que las calles sean anchas en relación con la altura de las casas; muchas de las muertes producidas por los terremotos se deben al derrumbamiento de edificios altos en calles estrechas.



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