La Guerra de los Treinta Años





La Guerra de los Treinta Años (1618-1648)  

Estallido del conflicto

 

Durante treinta años, de 1618 a 1648, se combatió duramente en toda Europa. Política y religión continuaron entrelazándose. Esta larga guerra tuvo como telón de fondo tres causas fundamentales: la hegemonía en el Báltico, la pugna franco-española y la descomposición de Alemania.

 

Las causas inmediatas del conflicto se hallan en la oposición, en Alemania y Bohemia, el autoritarismo de los Habsburgos. La guerra empieza con los suecos denominados «defenestración de Praga»: los checos no habían reconocido al nuevo rey Fernando de Estiria, nombrado en 1617 (desde 1526, los checos dependían de los Habsburgos) y, en la ciudad de Praga, los consejeros realistas fueron arrojados por las ventanas (23 de mayo de 1618).

 

La guerra en Alemania

 

Fernando de Estiria, nombrado emperador en 1637, como Fernando II, con la ayuda del ejército de la Liga católica alemana que dirigía el general Tilly (15591632), dominó la revuelta de Bohemia al vencer en la batalla de la Montaña Blanca (1620). La represión subsiguiente fue muy dura.

 

Animado por el éxito inicial, el emperador intentó la unificación de Alemania. Los príncipes protestantes alemanes de los estados del norte, apoyados por Dinamarca, cuyo monarca Cristian IV (1588-1648) deseaba ampliar su influencia en el mar Báltico, se opusieron al emperador, siendo derrotados en Dessau y Luther (1626).

 

Cristian IV pidió la paz, que se firmó en Lübeck (1629).

 

Sin embargo, el poder conseguido por el emperador movilizó en su contra a otras potencias europeas que se sentían amenazadas por el predominio austriaco.

 

Intervención de Suecia

 

Suecia era un estado protestante cuyo rey, Gustavo II Adolfo (1611-1632), deseaba convertir el Báltico en un «lago sueco». Los suecos contaban además con un ejército muy preparado técnicamente.

 

En 1631 y tras pactar con la Francia de Richelieu (Pacto de Bárwalde), el monarca sueco desembarcó sus tropas en Straslsund. El ejército sueco aniquiló a las tropas imperiales en la batalla de Breitenfels (1631). Gustavo II Adolfo llegó luego hasta el Rin y venció de nuevo en Lützen (1632), pero esta batalla le costó la vida al monarca sueco. No obstante, Suecia seguiría en la lucha.

 

Intervención de Francia y generalización de la guerra

 

Para enfrentarse a las victoria suecas, los Habsburgos unieron sus fuerzas. El imperio y España luchaban juntos y la victoria empezaba a decantarse a su favor (Nórdlingen, 1634). En estas circunstancias, Francia decidió intervenir.

 

Richelieu organizó la alianza europea contra los Habsburgos contando con Suecia, Holanda, los cantones suizos y los principados alemanes e italianos. Sólo quedaron fuera de la contienda Inglaterra, Rusia y Turquía. Y, en 1635, Francia declaró a la vez la guerra a España y al imperio.

 

A partir de 1639, la suerte se inclinó del lado de la coalición anti-Habsburgo. En las Dunas (1639), la escuadra española cayó derrotada. También los tercios españoles fueron vencidos por el ejército francés en 1643 y 1648 (batalla de Lens). Este mismo año, los suecos derrotaron al ejército austriaco en Süsmarshausen.

 

El nuevo emperador alemán, Fernando III (16371657), se decidió por la paz.

 

Las paces de Westfalia y de los Pirineos En 1648, los imperiales firmaron el Tratado de Paz de Westfalia (en Münster con Francia y en Osnabrück con Suecia).

 

Este tratado, primer intento de coordinación internacional de la Europa moderna, reguló las relaciones entre el imperio y sus miembros constituyentes, por un lado, y entre Francia, Suecia y sus aliados, por el otro.-España no participó, pues la cuestión franco-española seguía debatiéndose con las armas.

 

Con este tratado, la estructura europea dejaba de ser vertical (presidida por el imperio y el papado) y Europa se convertía en un mosaico de estados nacionales laicos.

 

El nuevo orden territorial se apoyaba sobre el descalabro alemán: se reconocía la independencia de Holanda y de Suiza, y Francia y Suecia entraban en posesión de antiguas posesiones imperiales, ampliando así sus territorios.

 

En 1659, España, agotada tras ser derrotada de nuevo en las Dunas (1658), pidió la paz. El Tratado de Paz de los Pirineos consolidó el poder de Francia a la vez que la decadencia de España. Ésta tuvo que ceder a Francia el Rosellón, parte de la Cerdaña, el Artois y otras posesiones de Flandes, Hainaut y Luxemburgo.

 El conde-duque de Olivares

El conde-duque de Olivares retratado por Velúzquez. Valido de Felipe IV, Olivares desarrolló una política militarista contra Holanda e Inglaterra y l



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