La Escultura Barroca





la escultura barroca

Italia

 

En el campo de la escultura, la aparición del Barroco puede entenderse como el resultado de un proceso gradual en el que, partiendo de la expresión plástica de una agitación anímica se llega a una auténtica explosión en la que desaparece la contención, con lo que el verdadero tema que se esculpe no es ya la figura, sino un disperso y excitado movimiento. Prueba de ello es la importancia que adquieren los ropajes, que casi suplantan a las figuras: sus plegados cada vez se hacen más retorcidos y arremolinados.

 

Dado su carácter de subordinación a la arquitectura, las esculturas barrocas están concebidas para ser contempladas no como esculturas exentas, sino siempre como elementos de un conjunto más vasto. Incluso cuando están destinadas a plazas y lugares descubiertos, se realizan en función de las grandes lineas arquitectónicas o urbanísticas de las que forman parte.

 

Gian Lorenzo Bernini

 

La teatralidad efectista del Barroco encuentra su mejor expresión en las obras de madurez de Bernini, como la grandiosa estatua de San Longino que se encuentra
en el crucero de la basílica de San Pedro (Roma) y en su obra maestra, el Extasis de Santa Teresa (capilla Comaro). Todavía adquieren mayor monumentalidad sus monumentos funerarios (en el de Urbano VIII crea el tipo de sepulcro barroco). Entre los monumentos públicos que erigió Bernini destacan su fuente del Tritón y su análoga fuente de la Plaza Navona.

 

Entre los escultores influidos por el estilo de Bernini podemos citar al flamenco instalado en Roma Fran- §ois Duquesnoy y a Camilo Rusconi.

 

Escultura barroca fuera de Italia

Francia

 

La escultura del siglo XVII se mantiene durante mucho tiempo al margen de la influencia específicamente barroca y el ideal de la antigüedad clásica sigue siendo la medida válida, por lo menos en la escultura religiosa de la primera mitad del siglo. En la segunda mitad, el tratamiento de los temas mitológicos y alegóricos ocupará un primer plano y dará paso al Barroco.

 

La personalidad artística dominante en la primera mitad del siglo es Jacques Sarazin (1588-1660), que sigue una dirección clasicista en su tumba del Príncipe Condé.

 

El primer escultor barroco y el más importante artista plástico de la época fue Pierre Puget (1620-1694). Sus obras más importantes son el Hércules galo y las obras que esculpió para Versalles.

 

En la corte, Franqois Girardon se convierte en el mejor intérprete del Grand Siécle francés de Luis XIV, con esa alegoría del Rey Sol que es Apolo atendido por las ninfas de Tetis.

 

Cuando se produce la célebre disputa entre los «anciens » y los «modernes» y se relaja un tanto la rigidez académica, aparece la figura de un gran retratista, Antoine Coysevox (1640-1720), autor del busto del Príncipe Condé.

 

Alemania

 

El recuerdo del gótico tardío pervive todavía en Georg Petel (1593-1633), autor del grupo de la Crucifixión con Santa Magdalena. Más propiamente barroca es la obra de Balthasar Permoser (1651-1732), en su Apoteosis del Príncipe Eugenio. Sin embargo, en Alemania aparece uno de los más valiosos talentos escultóricos del siglo: Andreas Schlüter (1664-1714), que logra crear un estilo barroco no exento de plasticidad, pero sí de patetismo; sus tallas más célebres son las cabezas de guerreros moribundos (Real Armería de Berlín).

 

España

 

Las notas más importantes de la escuela de imagineros, en la escultura barroca, son el realismo naturalista y el hondo sentido religioso que inspiran sus composiciones. Los escultores españoles de este periodo no utilizan tanto el mármol (como sucedía en el Renacimiento), sino que emplean la madera policromada.
La mayoría de estatuas son maniquíes en los que únicamente se modela el rostro, ya que el resto del cuerpo va cubierto con ricos ropajes, para ser utilizados en las procesiones de Semana Santa.

 

Entre los principales escultores españoles destacan Gregorio Fernández (1596-1636), que inició el naturalismo en la estatuaria española con sus esculturas exclusivamente religiosas (Cristo Yacente); Juan Martínez Montañés (1568-1649), que logró una gran perfección en el modelado de sus figuras (retablo de Santiponce)-, Juan de Mesa (1583-1627) (Cristo de la Buena Muerte); Alonso Cano (Inmaculada de la Campana), y Pedro de Mena (1628-1688) (sillería de la catedral de Málaga).



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