La Narrativa

La fuerte participación arábiga se manifiesta en dos obras: Calila y Dimna y el Sendebar. Esta última, traducida al árabe, había principalmente de la maldad de las mujeres. El Libro de Calila e Dimna consta de fabulas de animales y es también vertida del árabe. Ambas son de origen indio. narrativa
En cuanto aI teatro:
No se han encontrado escritos sobre este genero, pero se sabe que la dramatización litúrgica (de la Navidad y de la Pasión) dan origen a la literatura dramática. Hasta el siglo XVIII, solo se pudo encontrar en la Catedral de Toledo una parte del Auto o Misterio de los Reyes Magos, cuyo origen se ubica entre los siglos XII y XIII y así se convierte en la única pieza dramática de la que se tiene noticia, correspondiente a esa época. Al parecer, esta carencia de teatro medieval en Espacia se debe a que se implantó el rito mozárabe en castilla.

Obras Don Juan Manuel

Prosa del siglo XIV

Nombrar al canciller Ayala implica volver a ocuparnos de la prosa, en la que él se destaca notablemente. A partir de la época alfonsí1, no deja de cultivarse la literatura cronística y de introducirse otros géneros nuevos: así, Sancho IV inspira el curioso libro de los Castigos (consejos) e documentos para bien vivir, que don Sancho IV de Castillo dio a su fijo, obra didáctica de gran empaque.prosa del siglo XIV

Y por entonces surge la extensa obra, mezcla de historia y novela, La gran conquista de ultramar, que, procedente de un texto latino por mediaciones francesas, combina noticias de las Cruzadas con las más variadas leyendas medievales, como la del Caballero del cisne.

Estamos en el punto de arranque de los libros de caballerías. De comienzos de siglo data El libro del caballero de Dios o El caballero Zifar, que, además de darnos una contraposición entre caballero y escudero gracioso, ‘ribaldo’ -o sea pícaro-, intercala el fantástico episodio de la Dama del lago y añade una segunda parte didáctica (Castigos del rey de Mentón). Pero el genero de las crónicas, que hasta entonces te­nia un aire servicial de registro de palacio y copia de noticias viejas, en manos de López de Ayala adquiere un nuevo tono, mas personalizado y reflexivo, en parte debido a la altura del punto de vista nobiliario de su autor que no es ya ningún simple secretario.

En sus crónicas de los reyes a quienes conoció -de Pedro I a Enri­que III-, pero sobre todo en la de don Pedro, hallamos autentica garra literaria; la figura del rey “cruel’ llega a nosotros por los siglos igual que un personaje de novela, con la fisonomía que le dio López de Ayala. Con estilo sobrio, sin un solo adjetivo por el que irrumpa la emoción, cincela el carácter receloso y despiadado del rey.

Entre otros libros y traducciones del Canciller, señalemos el curiosísimo Libro de cetrería, minucioso manual sobre el uso y cuidado de las aves de caza.

Pero el máximo prosista del siglo -y aun de la Edad Media castellana- es don Juan Manuel (1282-1349), sobras don juan manuelobrino de Alfonso X. Con el aparece la "voluntad de arte" en nuestra prosa y no para dar lugar a afectación ni a complicación sino logrando una admirable tersura expresiva. Don Juan Manuel incluso corrigió por si mismo un códice ejemplar de sus obras, declarándolo único valido, en previsión de errores de copia, aunque por desgracia se ha perdido.

La primera de las doce piezas que componían aquel códice de "obras completas" es el Libro del caballe­ro et del escudero, en que un caba­llero anciano expone a otro joven (que eso significaba entonces "escu­dero") la esencia de la caballería y otras enseñanzas morales y teológicas.

Luego -dejamos alguna pieza menor- es de notar el caso del Libro de los castigos o Libro infinido (inacabado, no porque lo dejara interrumpido su autor sino porque que­da abierto para posteriores adiciones y ocurrencias); en el aconseja en tono bastante practico a su hijo Fernando para la vida en la corte y para la guerra. Mas teórico es el Libro de los Estados, en que trata de las "clases sociales", aunque de hecho casi se dedique todo al Rey y a las personas reales.

Pero la obra maestra de Don Juan Manuel, como justamente lo proclama la fama, es el Libro de Patronio, más conocido por El con­de Lucanor: cincuenta "ejemplos" con la moraleja condensada en un pareado final. Admirablemente elegidos entre lo que ofrecía la tradición, están redactados con sencilla elegancia expresiva. Recordemos al­gunos de los mas difundidos: el del "mancebo que caso con mujer brava", sobre el tema que luego será el de la "doma de la bravía" shakesperiana; el de los estafado­res que hacían un paño maravilloso que solo podía ver quien fuera hijo legitimo de su padre -y el mismo rey salió en camisa ante la multitud sin que nadie confesara que no lo veía-, antecedente del Retablo de las maravillas cervantinas.

Época alfonsí1 :El llamado castellano alfonsí, fue el resultado de la labor regia de Alfonso X, conocido por el sobrenombre de el Sabio. Reinó en Castilla y León a lo largo de treinta y dos años, de 1252 a 1284. Todos los historiadores coinciden en señalar que fue uno de los monarcas más importantes, si no el más influyente, de toda la Edad Media en la Península Ibérica. Hijo del rey Fernando III supo culminar y engrandecer todas las empresas sociales, políticas, económicas y culturales que su padre había emprendido años atrás.

Clerecía

Segunda Parte

El genero poético, que en su primera época vimos aplicado a vidas de santos y leyendas e historias clásicas, se vuelve ahora sobre la realidad circundante, en tono que alterna lo lirico con lo humorístico. Un nuevo fondo social se trasluce: ya no son solo los conventos y la llanura con guerreros sino asimismo el naciente medio urbano con su incipiente burguesía realistasociedad y cultura y practica, que, aunque en Castilla no alcanzara la misma duración que en Europa -ni que en Cataluña-, si llega a crear un conato de ‘cultura secular’ que ira viviendo en la medida que pueda arrimarse a la nobleza. Tal es el mundo del Libro de buen amor, de Juan Ruiz (Arcipreste de Hita, si hemos de creerle en las escasas pinceladas de auto presentación que traza en su obra). La verdad es que no sabemos nada seguro de el; en los respectivos manuscritos se dice que hacia 1330 dio a conocer su obra y que fue reelaborada luego, hacia 1343, al parecer en la cárcel. Pero, con el tono de broma que preside el libro, mas vale dudar de que su autor hubiera nacido en Alcalá de Henares, como dice, y de que fuera Arcipreste de Hita, y de que se llamara Juan Ruiz, nombre sospechosamente vul­gar.

Con todo, esto no afecta a la obra, que, en cualquier caso, es de un ‘clérigo vagante’ de vida no muy ejemplar. Buen amor alude a la contraposición clásica del "buen amor" y el "loco amor", pero el autor gasta una cruel broma, que es dar el alias de "buen amor" a cierta vieja medianera -lo que luego se llamaría una celestina-, "Trotaconventos", con lo que la hace titular del libro que hoy día lleva su nombre.

Pero el libro, en otras épocas (en el siglo XV y en e! XIX, porque en el Siglo de Oro estuvo casi olvidado) recibió el nombre de Libro de los cantares del Arcipreste,clerecia lo que subrayaba la importancia de los poemas liricos incrustados en él, aunque cerca de una docena de ellos se han desprendido y perdido, quedan más de otros tanoas -a veces siguiendo la forma del zéjel moruno-, alternando las invocaciones más elevadas a la Virgen con trovas cazurras al borde de la indecencia o la irreverencia.

No se debe creer que el Libro de buen amor tenga una intención definida ni que constituya una obra unitaria en su plan. Es una miscelánea, lo que hoy diríamos las ‘obras completas’ de un poeta, con un revoque externo para presentarlas como un solo paquete y, siguiendo la costumbre que durara hasta el Si­glo de Oro, con un púdico delantal de prólogo en que el autor declara sus intenciones moralizadoras y ejemplares, escarmentando al lector en cabeza ajena, etcétera.

La gracia del Libro de buen amor esta en su heterogeneidad, en su riqueza incluso lingüística y formal. Su vocabulario es de riqueza cimera en la literatura medieval, llegando a construcciones personales nunca más repetidas  o complaciéndose en juegos idiomáticos como en el dialogo con una mora que responde en árabe, o extendiéndose en 28 versos en un catalogo de instrumentos musicales de la época.

Otras obras ubicadas dentro del mester de clerecía son el Libro de miseria de omne, de algún clérigo montañés, recordado especialmente por ciertos curiosos pasajes de ‘critica social’ hechos desde el punto de vista popular; el poema del José del Antiguo Testamento, compuesto a modo del Corán y escrito en forma ‘aljamiada’, es decir, en caracteres arábigos y, sobre todo, el Rimado de palacio, del canciller Pedro López de Ayala (1332-1407), de estructura un tanto heterogénea como el Libro de buen amor, con algunas canciones y algún ‘dictado’ en dodecasílabo, pero animado por un espíritu de sombría critica y de grave reflexión moral.

Se suele decir que en el poema se nota la huella de su prisión en una jaula deimagen la clerecia hierro tras el desastre de Aljubarrota -aunque, en definitiva, el Canciller se mostrara tan afortunado como hábil en su política perso­nal. También podríamos verlo como hito literario del ‘cambio de coyuntura’ social que se produce en la se­gunda mitad del siglo XIV, con la "Peste negra" y -para Castilla- con la hegemonía de la nobleza al ser muerto don Pedro El Cruel por su hermano don Enrique "el de las Mer­cedes".

El panorama poético de la época -aparte de las Mocedades de Rodrigo, ya anteriormente aludidas-se completa con algunas composiciones de verso corto; el extensísimo y poco agraciado Poema de Alfon­so XI, ajeno al tono épico tradicional y mas bien documento rimado y los Proverbios de Don Sem Tob, rabino de Carrión, abundantes en delicados aciertos líricos. Los Proverbios están dedicados al rey Don Pedro, declarando que no valen menos "porque judío los diga". Pero desde fines del siglo XIV, con sus pogrom -antisemíticos-ya no se podrá levantar otra voz judía española con tan autorizada confianza.

Prosa Castellana

La prosa, al contrario de la poesía, no se enfoca en sus primeros comienzos hacia el publico prosa castellanano letrado y esto lleva a que surjan las crónicas. Las literaturas hebrea, árabe y latina son las que aportan las bases para que en el siglo XIII la prosa se empiece a cultivar. A Alfonso X se le atribuye el surgimiento de las Crónicas, Las siete partidas y los Libros del saber de astronomía.

Para abordar esta tarea, el rey congrego sabios judíos, españoles y árabes en su corte, resultando de ello que la pro­sa histórica, la científica y la legisla­tiva, junto con otras muchas, vieran la luz. Las primeras muestras de prosa castellana tienen un carácter ‘aplicado’, mezclándose todavía con el latín que se consideraba como única lengua valida para los documentos ‘oficiales’; son oraciones, consejos prácticos para sacerdotes, anotaciones rápidas de sucesos curiosos, etcétera. Solo en el reinado de Fernando III, el conquistador de Sevilla, se comienza a dar rango oficial a la prosa, traduciéndose por encargo real los textos jurídicos del Fuero juzgo y las crónicas de Ximénez de Rada, y surgiendo también alguno que otro librito didáctico.

Pero es su hijo, Alfonso X El Sabio, quien anima la vasta obra cul­tural que llevara la prosa española a su madurez, en parte gracias a la "escuela de traductores de Toledo", que transmiten a Europa amplios tesoros de sabiduría árabe y hebrea, enla prosa castellana parte promoviendo la redacción y compilación de grandes monumentos jurídicos, históricos y científicos.

Según su propia declaración, el monarca intervenía de cerca en el trabajo, revisando el estilo y dirigiendo la estructura de los libros. Ante todo, hemos de señalar dos magnas piezas históricas: la Crónica general (de España) y la General estoria (univer­sal). En la primera, es notable el transito desde las leyendas míticas del comienzo a una efectiva incorporación de documentos fidedignos y testimonies cercanos; en su final, manteniendo siempre la misma gracia expresiva.

En la segunda, inmenso intento incompleto -y aún no del todo publicado-, se encuentra un criterio historiológico muy riguroso; utilizando la Biblia como falsilla cronológica, alterna con ella relatos de la mitología clásica interpretados con un racionalismo muy moderno (por ejemplo, Júpiter es un rey). En otro terreno, Alfonso X compilo el gran código llamado: Las siete parti­das, que, además de ser un código en sentido actual de la palabra -aun conserva valor de ley-, es un tratado de manera y costumbres, en espe­cial por lo que se refiere a la corte.

Además, Alfonso X compiló obras científicas, dentro de lo que se tenia entonces por ciencia; así, hizo traducir los Libros del saber de astronomía y las Tablas alfonsíes, y, en un piano de divulgación, el Tratado de las siete artes, así como el curioso Libro del ajedrez, de los juegos y de las tablas (donde, por cierto, se ve que los movimientos de las piezas del ajedrez eran diversos que hoy). imagen prosa castellanaComo poeta, Alfonso X compuso las Cantigas de Nuestra Señora, escritas en gallego, lengua dominante entonces para la poesía culta. Con la prosa alfonsí, el castellano se hace idioma apto para todo empeño literario. Su sencilla construcción de frases enlazadas por y mantiene una grata espontaneidad expresiva a la que, en nuestro tiempo, nos llevara otra vez Azorín, casado de retóricas arborescentes.

Por otra parte, aunque sin intervención tan personal del Rey Sabio, la literatura narrativa y artística sur­ge también en su misma época con el genero de enxiemplos (o "ejemplos"), de fabulas y sucedidos con enseñanza moral, generalmente de origen oriental y a menudo con intervención de animales parlantes. Al­fonso X mismo, no siendo aun rey, promovió la traducción del Calila et Dimna, fabulas de origen hindú, que si a veces se queda en una moraleja cómica, otras llega a profundas meditaciones.

En este mismo genero entra el Sendebar, libro algo indecente con­tra las mujeres, de las que se reúnen muestras de mala conducta, así como Barlaam y Josafat, versión cristiana de la historia de Buda, su desengaño del mundo y su entrega al ascetismo; el Isopete (Esopo) historiado, colección de fabulas: Bonium o Bocados de oro, libro deliberadamente instructivo sobre la línea de un viaje a la India buscando el saber.

Clerecía

Primera Parte

La métrica fija de la cuaderna vía, junto con lo erudito de sus temas (leyendas o figuras clásicas, milagros de la Virgen, la vida de los santos, entre otras), hacen del mester de clerecía una expresión exclusiva de poetas letrados o clérigos. Este estilo hace alarde de complicación pero irónicamente tiene como objetivo llegarle al publico no letrado y se le localiza básicamente en las zonas fronterizas de Castilla.

En la atmosfera de cultura de imagen clericíalos conventos surge un genero que quiere ser la versión regularizada y artística de la forma popular de la epo­peya, para aplicarse a temas religiosos, inicialmente, y luego a temas de origen clásico, hasta llegar a la descripción de costumbres en el Arcipreste de Hita y en Ayala. Se procura que los versos estén.bien medidos, por silabas cuntadas, y la rima se perfecciona en consonancia exacta, frente a la vaguedad de la asonancia vocálica de la epopeya, lo cual lleva a cortar el desarrollo en estrofas de cuatro versos {cuaderna vía). Sin embargo, el Ienguaje sigue siendo el normal.

Esta poesía ya no se canta sino que se lee, con el manuscrito en la mano, ante un grupo de clérigos o de vecinos mas o menos selectos, a los que tan pronto se llama ‘amigos’ como ‘señores’, por mas que se imite a los juglares callejeros en pedir recompensa, ya que no en dinero, si con "un vaso de bon vino".

Gonzalo de Berceo es el primer cultivador del genero y el primer poeta español de nombre seguro. Clérigo adscrito al monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, vivió a mediados del siglo XIII y nos ha dejado nueve obras, todas ellas de sentido religioso: tres vidas de Santos, la de Santo Domingo, Santa Oria -de delicada belleza- y de San Millán, con una apología de su convento; y tres obras de devoción a la Virgen María: Loores de Nuestra Señora, Miraclos de Nuestra Señora entre otras.

El libro de Berceo justamente mas celebrado, el de los Milagros, contiene 25, tras una clerecíaintroducción simbólica en que el poe­ta se pinta tendido en un deleitoso prado que resulta ser la Virgen. La mayoría de los relatos tiene fuente conocida y muchos de ellos aparecen también en la obra análoga del francés Gautier de Coincy, pero su gracia es personalísima. Recordemos, sobre todo, el del clérigo y la flor (III), el del clérigo ignorante (IX), que solo sabe la misa de la Virgen y a quien reprende duramente el obispo, el cual es a su vez reprendido por la Virgen.

El de la boda y la Virgen (XV), sobre el tema del joven que prometió a la Virgen hacerse capellán a su servicio y que, olvidado de la promesa, contrae matrimonio, pero es milagrosamente hecho desaparecer por la Virgen antes de la noche de bodas, el milagro del niño judío (XVI) que, inadvertidamente, va a comulgar con los niños cristianos, siendo echado luego a un homo por su iracundo padre, pero sin sufrir daño por intercesión de la Virgen; el milagro de la abadesa encinta (XXI), caída en pecado pero librada por la Virgen de la deshonra cuando ya las monjas de su convento habían advertido de su estado al obispo

Importancia capital tiene, en este genero de poesía culta el Poema de Alexandre, poesia cultafirmado por Juan Loren­zo Segura de Astorga. Por el vemos claramente que la Edad Media, desde su arranque cultural, estaba empapada de tradición clásica, si bien la adaptara y revistiera a su propio gus­to y sin conciencia de los anacronismos cometidos.

También entronca con la Antigüedad, de modo diverso, el Libro de Apolonio, de novelesca trama sentimental enmarcada en un mítico mundo heleno-oriental que luego pasara a ser tema dominante de la "novela bizantina" hasta hallarse, casi idéntica, en Pericles, Prince of Tyre, de Shakespeare.

El "mester de clerecía", alcanzada su plena capacidad didáctica -en lo religioso y en lo cultural-, se aplicara a temas mas realistas. Pero an­tes de seguir anotando su desarrollo, digamos algo sobre el arranque de la prosa literaria castellana de esta primera época.

Lírica Popular

Entre la juglaresca épica imagen lirica populary los poemas conventuales de que hablaremos después, quedan en los comienzos de la poesía castellana varios géneros diversos. Ante todo, es seguro que se cantarían canciones breves capaces de andar en boca de todos; pero esta lirica no aparece escrita hasta mucho después, y aun eso, incrustada entre largas glosas y variaciones mas o menos artificiosas, o bien imitada por poetas cultos de sensibilidad popularista (así, las Serranillas, del Marques de Santillana).

En lengua «galaico-portuguesa», mientras tanto, se realizaba el milagro de una lirica que sin dejar de ser popular sabia organizar complejas y mágicas formas de paralelismos y alternancias, recogiendo el refinamiento -para el ambiente español, excesivo- de los trovadores provenzales para lograr su síntesis con la musicalidad de las danzas y los coros del noroeste español. De la primera vida de la lirica castellana tenemos tan solo, aparte de testi­monies indirectos, alguna muestra en Gonzalo de Berceo, La canción de centinela o Eya velar, en alguna otra crónica y en el Arcipreste de Hita, hasta llegar al siglo XV que surge como centra fértil de difusas glosas cultas.

Mientras tanto, en el siglo XIII florece otro genero juglaresco mas refinado que la épica. Unos poemitas mas o menos dialogados de influjo franco-provenzal, que introducen un preludio del posterior tono de ‘alta cultura’. El mas famoso de ellos, llamado Razón de amor (también llamado Siesta de abril, de principios del siglo XIII), parece resultado de la soldadura de dos poemas, en que el poeta se declara ‘escolar’, culto, y dice que: «moro mucho en Lombardía por aprender cortesía»

Nos presenta a la amada, casi idealizada, en refinado idilio -quizás en un sueño-, para pasar luego a una ‘diputación’ del agua y el vino un tanto burlesca. Mas intensa es la disputa en Elena y María, las amadas respectivamente del hombre de armas y el hombre de letras; este, en aquella época era siempre clérigo, con lo cual el poema en vez de ser un discurso sobre las armas y las le­tras es un furioso ataque a la barragana del cura, el gran tema satírico de la época. De profundo alcance moral es la disputa del Alma y el cuerpo, alternancia de reproches a continuación de la muerte de un hom­bre, entre sus dos elementos constitutivos.

Aparte de la forma del ‘debate’, este tono poético (versos cortos, emparejados al rimar) aparece también usado en poemitas narrativos de tema religioso, como la vivacísima Vida de Santa María Egipciaca,lirica popular sobre la pecadora arrepentida, y el llamado Libre dels tres Reyes d’Orient, un tanto aragonés de lengua que, pese al titulo, cuenta algún apócrifo epi­sodio de la huida de Jesús a Egipto. Como caso de franca dramatización de lo que en los poemas anteriormente citados era solo dialogo a dos voces, queda, fragmentado, el Auto de los Reyes Magos, de animado lenguaje. Por cierto que no volveremos a tener otra pieza teatral hasta la que, con el mismo tema, escriba Gómez Manrique en el siglo XV; indirectamente sabremos que, mientras tan­to, hubo alguna vida teatral -en las iglesias o en los palacios de los no­bles- pero en forma muy rudimentaria. Señalemos también el curioso canto de Cruzada Ay, Iherusalem, "planto narrativo" del siglo XIII, escrito en una forma que, siendo semejante a la de los poemitas recién citados, también anticipa la de Juan de Mena en el siglo XV.

Argumento del Cantar del Mio Cid

La poesía, por vivir en la boca, en el oído y en la memoria, tarda en ser captada documentalmente, es decir, en forma escrita, para hacerse materia de la historia. argumento del cantar del mio cidEn especial, la canción tarda mas tiempo en posarse en el pergamino que los largos cantos narrativos sobre las hazañas de los héroes. Por eso y no por otra cosa tratamos antes de la epopeya que de la lirica en Castilla, aunque sin duda vivieron siempre juntas. Conservamos solo un gran monumento casi entero de la épica propiamente dicha, el Cantar del Cid o Poema de Mío Cid, como se quiera designar.

El muy recordado y siempre citado Poema (o Cantar) de Mío Cid es el único de los poemas épicos del siglo X que ha subsistido hasta nuestros días y ello gracias a las Crónicas. La métrica regular, el extraordinario realismo y la fidelidad histórica son los rasgos que identifican a la épica española de la francesa y la germánica.

Según las ultimas investigaciones del gran estudioso Ramón Menéndez Pidal, intervienen en el dos poetas — quizá podríamos decir dos fases primordiales de composición, sin excluir aportaciones intermedias y posteriores, hasta llegar al manuscrito firmado por Per Abbat a comienzos del siglo XIV. Trata de la ultima par­te de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar (1043-1099) y, al igual que el origen de las jarchas, el sobrenombre de El Cid proviene del árabe.

El primer poeta habría trabajado hacia 1110, dando una narración acaso vivida por el mismo en parte, sobre el destierro del Cid calumniado por sus enemigos ante el rey Alfon­so VI. Pudo haber un núcleo de alrededor de medio millar de versos que el juglar callejero entonaría de una sola vez -en salmodia subrayada por sencillos instrumentos, casi todos de percusión, y sin desdeñar efectos de dramatización como un "teatro indi­vidual". La vida del héroe, aun recientemente fallecido, era lo bastante conocida como para poderse concentrar en un solo episodio dramático, de especial interés político para el pueblo, en un momento en que los castellanos veían con disgusto el creciente influjo ultrapirenaico ejercido sobre Alfonso VI y el crecimiento del poder real conmio cid mengua de las libertades de la primitiva "ancha Castilla", ganadera y abierta; el Cid serbia de mito democrático.

Pero luego cambian las circunstancias sociales en la gestación del poema. En 1140 tienen lugar unos; desposorios reales entre una biznieta ; del Cid, heredera del reino de Navarra y el hijo del <emperador> castellano Leones Alfonso VII, evitándose así una guerra. Para celebrarlo o al menos a partir de ese hecho, actúa el "segundo poeta", que ya es francamente un juglar cortesano de orientación aristocrática y mas situado en marco aragonés que castellano. Es curioso que el Cid, antes aliado en perjuicio del Rey, ahora se postre ante este en sumisión rastrera, incluso mordiendo las hierbas del suelo.

El segundo y el tercer canto del Poema -el primero es el del destierro- nos cuentan la conquista de Valencia por el Cid, y la "afrenta de Corpes", a saber, el ultraje y abandono de las dos hijas del Cid por parte de unos nobles de Carrión que se habían casado con ellas por afán de beneficiarse de las victorias del Cid, pero que en Valencia habían demostrado su cobardía. Ahora bien, este novelesco episodio, y la venganza posterior del Cid, pese a hallarse también en la crónica general Alfonsí y a pesar del convincente tono realista de todo el poema, han resultado ser una invención (el propio Menéndez Pidal lo ha demostra­do, sacrificando así parte de sus primitivas teorías sobre el valor histórico de la epopeya castellana).

En realidad, lo que hubo fue que Alfonso VI, enojado otra vez con el Cid, mando dcantar del mio cidetener a su mujer y a sus hijas con lo que sus jóvenes prometidos, los nobles de Carrión —si es que existieron- habrían de alejarse. Algunos historiadores, incluso, insinúan que el Cid literario reúne hechos y rasgos de dos personajes históricos diversos: lo que importa literariamente, sin embargo, es la persuasión de realismo del poema, en que la transición del primero al segundo poeta resulta tan admirablemente graduada que apenas se advierte, dejándonos en cambio la impresión viva, casi visual, de unas hazañas descritas con ejemplar sobriedad:

Sabemos por ecos en las Crónicas y posteriores ecos en el Romancero que hubo otros temas de epo­peya y otros cantares además del Cantar del Cid. Incluso Menéndez Pidal ha reconstruido un trozo del Cantar de los infantes de Salas, apenas prosificado en el apéndice a una crónica, y significativamente parecido a algunos romances sobre el tema (los siete infantes muertos a traición, cuyas cabezas son enviadas a su padre preso de los moros y que luego son vengados por Mudarra, hijo de este y de una mora).

En otro sentido, es interesantísimo el trozo, hallado por azar, de una epopeya sobre el tema de Roncesvalles, en que, contra la ha­bitual posición castellana, se presenta a Carlomagno y a Roldan en for­ma ‘positiva’ -no como enemigos-, pues los castellanos habían llegado a inventar la figura de Bernardo del Carpio, con su perdida epopeya y sus posteriores romances a modo de ‘anti-Roldan’.

Otro de los poemas rescatados por las Crónicas es Las mocedades del Cid (1344), en el que se toman las relaciones amorosas entre Rodrigo y Jimena como la parte principal de este cantar.

Lope de Vega y Juan Zorrilla no fueron indiferentes al Poema del Cid y lo manifestaron. El primero, con Las almenas del toro (Teatro) y el se­gundo con su obra Las hijas del Cid.

Después del Poema del Cid, apareció Menéndez Pidal con su obra Floresta de leyendas heroicas, en la que demuestra que se le puede dar un giro importante a un tema épico.

La Jarcha

En árabe, jarcha significa salida. Y eso es exactamente la jarcha para la muguasaja o moaxaja, que puede ser árabe o hebrea. Aunque su origen es arábigo y su descubrimiento se debe al arabista israelí la jarchaS. M. Stern, en 1948 se hubo de esperar otros cuatro años para que E. García Gómez (también arabista) sacara a la luz otra serie de jarchas en muguasajas1 árabes. Así, pues, las jarchas constituyen el ultimo eslabón de una cadena que termina con las muguasajas (formas análogas estróficas, según Ramón Menéndez Pidal), que provienen de los poemas hispanoárabes (zéjeles), que a su vez provienen de la canción castellana, la cual era una línea escrita en el dialecto español hablado por los mozárabes, que comenzaba con un estribillo cortado en estrofas.

Como se vio al principio, antes se creía que el Poema del Cid (1140) era la obra que inauguraba la literatura española, ahora se sabe (gracias a una gran labor de investigación) que las salidas (jarcha) inicia esta bella época.

La Muguasaja1 ( o moaxaja) es un género lírico árabe del s. X. Está escrita en árabe clásico, de métrica y rima variadas. Temática: amor femenino por el hombre. Anhelo de la doncella. Ausencia o tardanza del amado.

Origen de la Lengua Castellana

La lengua castellana o española por antonomasia se forma en la primera época de la Reconquista, en la parte norte del centro de la península ibérica, origen de la lengua castellanapara luego extenderse a toda la meseta, Andalucía y Murcia, cruzar el mar hacia lo que hoy son los países hispanoamericanos y asumir el rango de idioma nacional. Pero esa formación inicial no parte ya del latín directamente sino de un habla peninsular derivada del latín, bastante evolucionada y de la que apenas tenemos algún atisbo en un curioso hecho de prehistoria de la literatura española: la lirica mozárabe, es decir, las muestras conservadas de las canciones cantadas por los cristianos que seguían conservando su len­gua y religión bajo el dominio de los musulmanes y que sirvieron de base para la composición de poesía en árabe y en hebreo (era importante y fuerte la minoría hebrea en la España musulmana).

Los mozárabes se mantuvieron como grupo aparte sobre todo en los núcleos urbanos, como artesanos y tenderos -el campo, en cam­bio, se musulmanizó a fondo, al emanciparse los siervos de la gleba visigóticos-, si bien con el tiempo fueron desplazados o absorbidos a la vez que se rompían sus vínculos eclesiásticos con la naciente cristiandad asturiana. Entre las canciones que conservaban y cultivaban, hubo un genero que llamo la atención de los árabes: coplas amorosas casi siempre puestas en boca de una enamorada que aguarda o añora a su amado, en contraste con lo que desde los trovadores provenzales en adelante será la situación dominante de la poesía amorosa: el poeta que requiere a la amada, ya sea ‘señora’ o ‘villana’.

Los poetas hebreos de la España musulmana, cuya lirica, a la vez que heredaba la profundidad religiosa y moral de su tradición, había adoptado muchas formas árabes, dando lugar a una admirable renovación literaria. Se conservan también numerosas jarchas1 en marco hebreo. Parece evidente, sin embargo, que las hebreas tienen mayor elevación moral: por otra parte, sus jarchas se utilizan a veces en sentido no erótico. (No falta tampoco algún ejemplo de copla de cristiana que ha servido para una moaxaja árabe y otra  hebrea.)

origen de la lengua  castellanaDesde el poeta de Cabra, la costumbre de la jarcha sigue en plena vigencia hasta el siglo XII, e incluso se extiende fuera de Es­paña (hay curiosos ejemplos de jarchas en persa, y hasta, en nuestra época, en ingles), pero ya como ejercicio arcaizante y exótico. Es no­table, pues, que hayamos de agradecer a eminentes poetas musulmanes y hebreos -entre estos el gran Yehudá Ha-Levi- la conservación y tal vez la imitación de ese cancionero de cristianos en protoespañol, que quizás influyera en la posterior lirica galaica y castellana, con una contraposición popularista *en el pos­terior zéjel (inventado por el filosofo Avempace en el siglo XII); glosa sobre un estribillo, con salpicadura de palabras romances entre el árabe o el hebreo, cuya forma seria imitada por muchos poetas españoles.

Las Jarchas representan el primer testimonio escrito de una lengua romance. Son versitos que rematan o culminan una forma de poema llamada moaxaja, escrito hacia el siglo X y XI, en lengua árabe o judía.

Historia de la Literatura Española

En 1726 se le llamaba "Literatu­ra de la lengua castellana", en 1925 cambió su denominación a "españo­la" para la que se creía que tendría sus comienzos en el siglo XII; pero hoy esta literatura ha envejecido un siglo más con el descubrimiento de las jarchas, cancioncillas que cerra­ban con broche de oro composicio­nes más largas escritas en el dialec­to español hablado por los mozárabes.

De cualquier manera, lo cierto es que fue en el siglo XII cuando en Eu­ropa lograron su madurez las lenguas romances (derivadas del latín) y se inició una tradición épica que en Es­paña permaneció hasta el teatro de Lope de Vega.

poesia española

De aquí pasamos al Renacimien­to cuya más diciente obra es La Ce­lestina; ¿Y después? al Siglo de Oro, que es un muy fructífero período (al­gunos lo sitúan en 1550-1650, otros en 1492-1681) en el que descolla­ron Cervantes, Lope de Vega, Góngora, San Juan de la Cruz, San­ta Teresa, Francisco de Que vedo y Pedro Calderón de la Barca, de quien se dice que después de su muerte vino la decadencia de las letras es­pañolas. En 1868 nacería una gene­ración de grandes novelistas, entre ellos Pedro Alarcón, Leopoldo Alas (Clarín), José María de Pereda y Be­nito Pérez Galdós.

Todo volvió a renacer con la Generación del 98, con la ayuda de entidades como la de José Ortega y Gasset, la Revista de Occidente, y la Institución de Libre Enseñanza; y  la poesía se recuperó gracias al Gru­po del 27, a comienzos del siglo XX. Pero la guerra civil de 1936 será su mayor obstáculo.

La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, ayudó al desper­tar de la novela; el teatro fue reani­mado con Historia de una escalera, de Buero Vallejo, y la poesía con Dámaso Alonso y sus Hijos de la ira. Para el despegue ayudaron El jarama, de R. Sánchez Ferlosio y Tiempo de silencio, de Martín Santos.